
Era un ángel molinero.
Saltaba, corría y dormía,
siempre, mientras con esmero,
todo el bien sobre sus espaldas mecía.
Acariciaba, besaba y susurraba,
gritaba, pinchaba y gruñía,
mas su corona brillaba,
por todo el amor que ofrecía.
"¡Tierno diablillo!", decíanle de niño.
"¡Amarga flor!", le reprochaban sus dioses.
"Déjenme entretener a mis aves,
que con mis alas aliviaré su frío",
replica ahora Pícaro.
Javier de Matrice
Versos dedicados a todos aquellos que, aun siendo adultos, todavía conservan la travesura e inocencia de la niñez.