La caridad engalana sus auténticas necesidades. Al menos esto es lo que pienso cuando descubro que hay mendigos que alquilan niños por 20 euros para que sus cepillos, a lo largo del mes, suenen más. Y tanto que más: 1.200 euros con niños en sus regazos y 800 los que piden a solas. Por no hablar de quienes estafan con supuestas asociaciones benéficas e ingresan cerca de 1.500 euros mensuales. Y muchas veces son menores los que piden la rúbrica, para más inri. Ladrones de infancias son, sin recurso alguno, todos estos desalmados que explotan a sus hijos. Robavidas también quienes pagan por llevar llantos de frío en sus brazos. Me quedo de piedra cuando me informan de esta realidad. La pobreza no debería justificar nunca estas penosas escenas. Porque a un niño hay que enseñarle el camino correcto. Las rúas de las acciones bien hechas. Jamás habrá que guiarles por sendas fuera de ley si lo que se pretende es una nueva vida para ellos. Quizás esté nadando sobre el sólido terreno de culturas foráneas poco flexibles. Pero mi ideario sólo proyecta en mis entendederas imágenes navideñas de niños con ojos sonrientes, no las de bebés y adolescentes trabajando por activa o por pasiva. En Navidad, y durante el resto del año, los niños deben vivir al máximo lo que les brinda el momento, tanto lo experimentable como lo imaginable -que es menos costoso-. Estas fiestas son para hacer sentir a los más pequeños la tradición. Bien sea oyendo baladas pastoriles a ritmo de panderetas o palmoteo. O bien saboreando el calor y humo que avivan las castañeras. Porque es en Navidad cuando, gracias a la iluminación callejera, los niños descubren el sentido de los colores. Cuando aprenden que el rojo de las bombillas es el mismo que el de los volantes gitanos sevillanos, aquél mismo con el que pintarán corazones asfixiados por el yugo de Cupido. Cuando descubren que el verde de aquellas lámparas que tintinean con el viento es el mismo que el de los mantos de labriego jienenses, o el de los senderos de la hospitalidad extremeña. Por no hablar del azul, todo un antecedente de sus paseos futuros sobre puertos gaditanos o atardeceres en El Ferrol. Y del violeta, el color del caramelo madrileño más castizo. O el de la flor del azafrán de Consuegra, todo un ejemplo de que poco también puede ser mucho si le sabemos sacar partido. Al alcance de todos está, pues, bailar al son de la vieja organillera, huir de las diabólicas máscaras de la plaza de Santa Cruz, y cabalgar sobre el equino de Carlos III. Todos ellos, regalos de duendes chisperos. De hadas hilanderas que pincharían con sus agujas –con mucho odio- las manos del explotador infantil y las de sus interesados. Desde mi tribuna denuncio así la barbarie del insensato, como también –y tan bien- lo hizo ya Natividad Cepeda, colaboradora de El Periódico del Común de domingo, 7 de diciembre de 2008
LADRONES DE CUENTOS
La caridad engalana sus auténticas necesidades. Al menos esto es lo que pienso cuando descubro que hay mendigos que alquilan niños por 20 euros para que sus cepillos, a lo largo del mes, suenen más. Y tanto que más: 1.200 euros con niños en sus regazos y 800 los que piden a solas. Por no hablar de quienes estafan con supuestas asociaciones benéficas e ingresan cerca de 1.500 euros mensuales. Y muchas veces son menores los que piden la rúbrica, para más inri. Ladrones de infancias son, sin recurso alguno, todos estos desalmados que explotan a sus hijos. Robavidas también quienes pagan por llevar llantos de frío en sus brazos. Me quedo de piedra cuando me informan de esta realidad. La pobreza no debería justificar nunca estas penosas escenas. Porque a un niño hay que enseñarle el camino correcto. Las rúas de las acciones bien hechas. Jamás habrá que guiarles por sendas fuera de ley si lo que se pretende es una nueva vida para ellos. Quizás esté nadando sobre el sólido terreno de culturas foráneas poco flexibles. Pero mi ideario sólo proyecta en mis entendederas imágenes navideñas de niños con ojos sonrientes, no las de bebés y adolescentes trabajando por activa o por pasiva. En Navidad, y durante el resto del año, los niños deben vivir al máximo lo que les brinda el momento, tanto lo experimentable como lo imaginable -que es menos costoso-. Estas fiestas son para hacer sentir a los más pequeños la tradición. Bien sea oyendo baladas pastoriles a ritmo de panderetas o palmoteo. O bien saboreando el calor y humo que avivan las castañeras. Porque es en Navidad cuando, gracias a la iluminación callejera, los niños descubren el sentido de los colores. Cuando aprenden que el rojo de las bombillas es el mismo que el de los volantes gitanos sevillanos, aquél mismo con el que pintarán corazones asfixiados por el yugo de Cupido. Cuando descubren que el verde de aquellas lámparas que tintinean con el viento es el mismo que el de los mantos de labriego jienenses, o el de los senderos de la hospitalidad extremeña. Por no hablar del azul, todo un antecedente de sus paseos futuros sobre puertos gaditanos o atardeceres en El Ferrol. Y del violeta, el color del caramelo madrileño más castizo. O el de la flor del azafrán de Consuegra, todo un ejemplo de que poco también puede ser mucho si le sabemos sacar partido. Al alcance de todos está, pues, bailar al son de la vieja organillera, huir de las diabólicas máscaras de la plaza de Santa Cruz, y cabalgar sobre el equino de Carlos III. Todos ellos, regalos de duendes chisperos. De hadas hilanderas que pincharían con sus agujas –con mucho odio- las manos del explotador infantil y las de sus interesados. Desde mi tribuna denuncio así la barbarie del insensato, como también –y tan bien- lo hizo ya Natividad Cepeda, colaboradora de El Periódico del Común de SOBRE MÍ
EN TERCERA
Javier G. Cobo, nombre real de Javier de Matrice, nació en Madrid en 1982. Periodista digital y Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid (2000-2005), ha sido becario de realización en Telemadrid y ha trabajado como redactor/presentador en Localia Fuenlabrada Televisión (2006). Su experiencia en radio pasa por la redacción/locución de los Servicios Informativos de Radio Complutense -107,5 FM- (2000-2004) y por la realización de crónicas y cuñas puntuales para Cadena Ser Madrid Sur. Es también diplomado en Arte Dramático por Metrópolis c.e. , y ha sido dirigido en teatro por Tina Sainz (preproducción de Nuestra Ciudad, 2004), Pilar Vicente (La tienda de los horrores, 2009), P. Moraelche (Bésame, tonto, 2010), Javier Delgado (El enfermo imaginario, 2011), Patricia Chávarri (El Rey Sol, 2012) y Alfonso Gómez (¡Usted es Ortiz!, 2013). Es asimismo autor de Los calostros de la Gachosa (teatro breve). En televisión ha colaborado como actor en programas como Cyberclub, La Nuestra o Sucedió en Madrid (Telemadrid, 2005). Actuaciones en cine [cortometrajes]: Así fue (Julia Gangutia, 2013), Ni siquiera Descartes (Trinidad Sánchez y Daniel Lavín González, 2013), Nada sin mí (Rodrigo Delgado y Jorge Escudero, 2013) y Extraterrestres generosos (Trinidad Sánchez, 2013). Actuaciones en web series: Sayón (The Executioner), dirigida por George Karja (2013-2014).
Contacto: javierdematrice@gmail.com