La intransigencia de la cotidianidad impuesta es, con acritud, uno de los mayores misterios de nuestra vida en sociedad. En ocasiones engangrenamos nuestros dedos llamando a puertas que nunca se abren. O quemamos timbres cada vez más sofisticados. Pero no caemos en la idea de que su apertura depende de otros. O de la trivialidad del destino. Por mucho que buceemos por el fondo del mar bajo el compás armónico de aquellas corrientes generadas por el matarile chimpón, es posible que nunca encontremos aquellas llaves tan ansiosamente buscadas por nuestros abuelos durante su infancia.
En el área del análisis político ocurre otro tanto de lo mismo. Normalmente pasamos nuestras neuronas por la fondue del nihilismo televisivo y sólo hallamos las cábalas que nos quieren vender. Hasta que un golpe de suerte nos descubre la verdad.
Es precisamente esto lo que me ocurrió el pasado 17 de julio al ser invitado al preestreno de Eskalofrío, la última película de Isidro Ortiz. Santi, el personaje al que da vida el actor Junio Valverde, me hizo comprender la necesidad de
No veía antes la utilidad de que las tiendas pudieran abrir las 24 horas al día de lunes a sábado. Por encima de los fundamentos de la nueva ley - mayor competencia, generación de empleo, menos inflación y mejoras en conciliación de la vida familiar y laboral de los consumidores, entre otros - sólo alcanzaba a ver la deshumanización del trabajador. De lo contrario, ¿dónde quedaría la dignidad y la valoración o reconocimiento que se merece el obrero?
Clara se configura la situación laboral de los dependientes de comercios con la medida aprobada en asamblea el pasado 19 de junio (con el voto en contra de socialistas e IU) y en vigor desde el 12 de julio: reajuste de horarios con turnos probablemente tortuosos y geminados, y dificultades de los empleados para regresar a casa en transporte público. Por no hablar de perjuicios más serios como la dificultad que éstos tendrán para compatibilizar trabajo y responsabilidades domésticas, o el gran número de pequeños comerciantes que se verán aplastados por la nueva norma si las grandes cadenas le dan viabilidad práctica.
Por el momento sólo Carrefour ha decidido abrir sus puertas hasta las 23 horas- con septiembre como fecha límite- . Lógica postura. Es razonable que hipermercados y grandes complejos comerciales se muestren reticentes a la hora de dar un paso adelante en la praxis de la norma. Ya dijo en su momento Eurípides que “una buena costumbre es más fuerte que una ley”. Considero tarea dificultosa la posibilidad de pretender que nos desprendamos de una tradición que se traduciría en millones de toneladas si pasase por la métrica neta de cualquier balanza: el descanso nocturno. Me cuesta imaginarme a centenares de consumidores empujando carros llenos de comestibles a las cuatro de la noche. Del mismo modo, me mostraría agnóstico si me dijeran que, a partir de hoy, miles de murciélagos pulularán todos los días a las tres de la tarde por el parque del Retiro de Madrid. Va contra natura.
La nueva Ley de Modernización del Comercio la veo más propia de la ficción cinematográfica que de la realidad. Me resultaría menos extraña o fantasiosa en filmes de terror o de suspense. Al menos así lo quiero creer. No me gustaría respirar el temor social de cajeros y dependientes a la aparición en sus comercios de psicópatas como Anton Chigurh, el personaje interpretado por el oscarizado Javier Bardem en No es país para viejos.
Tan presuntuosa e ilusoria me parece la nueva ley, que no llego a entender su perfil paradójico. ¿No aumentaría con creces el consumo energético si los grandes comercios decidieran sacar provecho de la norma? ¿No ocupa acaso un lugar importante en la agenda política el ahorro de energía y la conservación del medio ambiente? ¿Cómo nos harán creer a partir de ahora la importancia de retrasar o adelantar una hora nuestros relojes como medida de economización energética si los políticos no predican con el ejemplo? Javier de Matrice.