
En España, 17 de cada 100 niños sufren el
abandono de hecho. Con este nuevo término, producto de mi habitual manía crítica, quiero hacer referencia a ese segmento de la población más joven que pasa las tardes sin sus padres. A ese grupo de niños de entre 6 y 11 años que, cuando salen de sus centros de estudio, son poseedores de la más absoluta responsabilidad. Víctimas de una soledad impuesta -en su mayoría- por el tejido sociolaboral en el que se hallan enredados sus progenitores. Estos datos, que se desprenden de la
Encuesta de Infancia en España 2008, realizada por la Fundación SM, la Universidad Pontificia de Comillas y el Movimiento Junior, ponen de relieve que, más allá de los
abandonos de derecho, los niños también sufren otro tipo de desatenciones, intencionadas o circunstanciales, que, a mi modo de ver, pueden marcar su conducta o emociones futuras. Resulta difícil saber si el niño abandonado hace escasos días en un confesionario de la iglesia de Santa Teresa y San José, cercana a la madrileña Plaza de España, sufrirá en algún momento de su infancia los “tele-cuidados” de sus padres. Probablemente no, pues son muchos los criterios de comodidad y disponibilidad de atenciones los que deben reunir los potenciales padres adoptivos. Desconozco también si los 69 niños dados en adopción el pasado año en la Comunidad de Madrid mediante renuncia hospitalaria entrarán en un futuro inmediato en estos porcentajes de “tele-asistencia”. Disculpándome de redundancias cuasi-obligatorias de mención, permítanme reinformarles nuevamente de mi inclinación hacia el no. Estoy casi seguro de que las 2500 familias madrileñas que esperan adoptar a un niño harán de sus brazos canastillas las 24 horas al día. Y aquí entran en escena los absurdos debates sobre el amor incondicional de los lazos de sangre, temática a la que doy portazo –y queda clara mi postura- para insistir en lo duro que es ser niño hoy día. Trastornos alimenticios y de sueño, desconexión social con el grupo de iguales, sentimientos de responsabilidad precoces -con el consiguiente problema a la hora de manejar sus recursos de adaptación cuando sean adultos- y dificultades en la compresión de sus sentimientos y los de los demás, son algunos de los problemas físicos y psicológicos que, según los expertos, puede padecer esta generación de “niños llave”, llamados así por no tener a nadie que les abra la puerta de casa. Por ser ellos los que salen y entran de su guarida cuando quieren. Si a esto le sumamos los malos tratos que algunos sufren en las aulas y en los recreos, la débil legislación en materia de pederastia, y las ridículas sanciones que puede llegar a imponer nuestro Poder Judicial a un juez por el retraso en la ejecución de una condena relacionada con el abuso a un menor, quédense viejos los jóvenes. Más si recordamos que la Comunidad de Madrid prepara la creación de un “mecanismo” que permita a las madres desprenderse de sus bebés preservando su identidad. Bien es cierto que el “depósito oficial” de hijos garantiza la salud y la supervivencia del neonato que va a ser abandonado. Que se evitarían abandonos de bebés en puertas de jugueterías, parques o contenedores. Pero, ¿no se multiplicarían así los abandonos de niños recién nacidos? Bonito ejemplo, pues, para las generaciones venideras. Todo un flaco favor a los trabajos de concienciación en materia de prevención de embarazos no deseados.
Javier de Matrice.