Eluana fabricaba sonrisas,
oro, rubíes y pedrerías
que a mí deslumbraban, gondolero.
Vio marchitarse un lirio.
“¡Ay, qué dolor mas grande, padre!
¡Dejadme a mí secarme si igual me ocurre,
que nacer no lo hice para el martirio!”.
Aguarte querían, celosía,
los hombres de los bastones.
Necias palabras, chillones,
pues tus flores ya no lucías.
Rema hasta el valle que la aliena,
que agradecerle yo quiero,
adalid de soñadoras sin velo,
su vigorosa sonrisa sempiterna.
Por Javier de Matrice
A Eluana Englaro, la italiana condenada durante 17 años a “morir por no morir”.