El Cubismo es preso estos días del surrealismo menos vanguardista. La razón, un crudo encarecido capaz de embrutecer al más descarado.
Sí, del pintor Juan Gris tomo su nombre y su arte para describir la realidad vivida esta semana en las principales carreteras de nuestro país. La mixtura del negro y del blanco ha poseído la mente, no sólo de los consumidores, sino también la de los amantes de análisis pictóricos.
Asistía esta semana al Museo Reina Sofía y descubría que los cuadros del pintor madrileño, vecino en su momento del mismísimo centro de la Villa de Madrid, eran capaces de desatar la imaginación más ilimitada de los ojos que los contemplaban. Sus pinturas facilitaban al visitante el don de poder proyectar ilusoriamente hechos inaceptables y reprochables sobre una característica muy común en las obras de nuestro maestro del pincel: las guitarras.
Poco tienen que ver los instrumentos de cuerda y las intenciones del pintor al inmortalizarlos con los vehículos pesados que han venido colapsando el fluir de nuestro fuel más preciado y necesario: la comida.
Pero las protestas siempre derriban los infinitos muros que separan la realidad de la ficción, permitiendo así que cualquier mente poseída por el enfado y la sobredosis de un humo quejumbroso pueda ver, mediante el condimento de la injusticia más perecedera (afortunadamente), camiones por guitarras. Dióxido de carbono por las melodías de las celdas más exquisitas.
Las debidas disculpas a esta perturbación del arte las debe formular primeramente el intérprete adolecido por su peculiar distrofia ocular. Pero también, indirectamente, los responsables de la alarma social que se ha respirado esta semana en supermercados y demás tiendas. Aquellos que han hecho del pasquín un secuestro a la libre circulación. Un atentado contra la práctica de nuestro derecho al trabajo.
La demanda de mejoras es libre. Pero la solicitud de una tarifa mínima que resta vida al principio de la libre competencia adquiere un color sin duda enjuiciable por su arraigada egolatría y sus medios de alcance.
Acopio de mercancías en comercios. Estantes yermos por la ausencia de productos a los que dar sostén. Colas infinitas en las cajas de supermercados como motilidad social ante temores publicitados. “Diretes” medianamente certeros de estanflación. Anuncios que alumbran alzas en el precio de los billetes de avión. Gasolineras adoradas ácidamente por desabastecimientos ostensibles de combustible. Bloqueo de accesos a grandes ciudades y a principales mercados del país. Retraso en la llegada de miles de ciudadanos a sus puestos de trabajo. Paros en la producción automovilística por dificultades en su suministro de materiales. Despidos temporales de empleados. Miedo ante posibles afecciones a la distribución de productos farmacéuticos. Camiones -de los no que no secundan la huelga- con ruedas pinchadas y lunas rotas. Transportistas con escolta. Más de cien personas detenidas. Y conciertos musicales suspendidos. En definitiva, despropósitos deplorables que hemos vivido y que ya han visto su traducción en términos económicos: según el diario económico Expansión en su edición digital del 12 de junio, el paro indefinido de camioneros que comenzó el pasado lunes 9 está ocasionando pérdidas diarias de 500 millones de euros.
“El desequilibrio económico parece afectar más a España que a otros países vecinos… La crisis tiene distintas causas y distintas maneras de manifestarse en cada uno de los países. La forma que han elegido nuestros transportistas es absolutamente inaceptable… El diálogo es imposible con energúmenos amenazando con cuchillos. Protestar no justifica delinquir”. Con estas palabras retrataba Albert Montagutel (La carta del director, ADN, viernes 13 de junio) la primera gran queja social de la segunda legislatura del gobierno de Zapatero.
La opinión de Montagut se tiñe -en cierta medida- de la más irrefutable evidencia cuando rememoramos la muerte del miembro de un piquete en Granada y las quemaduras graves de un transportista en Alicante.
Los camiones incendiados en la provincia levantina son una muestra de la barbarie más irracional. De una inhumanidad travestida de información. De la gallardía más indecorosa. Al fin y al cabo, de maneras fuera de ley que nos recuerdan al antibélico Guernica si las relacionamos con aquella mujer que, en el cuadro más representativo de Picasso, es pasto de las llamas aparentemente antifrentepopulistas.
Esperemos que la libertad de unos pocos no sigan amputando derechos sociales a muchos otros, mayoría en este caso. De lo contrario, y con el fin de poder afrontar la subida de precios, tendremos que sumarnos a los gobiernos inglés, alemán y esloveno -entre muchos otros- en su propósito de poder legalizar las polémicas jornadas laborales de 60 y 65 horas semanales, acabando así con el máximo de 48 horas fijado por
Salud y cordura. Javier de Matrice