
Puede uno ser partidario de un sistema político u otro. O teñir su ideario de color rojo o azul. Pero la calvicie está ahí. Y, como reza el dicho español,
al pan, pan, y al vino, vino. Lamentable me pareció la reconstrucción del teatro de Sagunto. Bárbara también la quema de santos por parte del bando republicano durante la Guerra Civil. ¿Qué etiqueta dar, pues, al derribo de la antigua cárcel de Carabanchel? La de crimen histórico. Ni cúpula dejan. Las excavadoras están acabando con todo un manantial de historia contemporánea. Con un centro del que emanaba el recuerdo más visual de la represión franquista. Con un penal levantado a base de llantos. De gritos provenientes del trabajo forzoso de los años 40. Adiós a las paredes que albergaron la esperanza de libertad de cerca de 40.000 presos republicanos. Adiós al
palomar, la galería ocupada por los homosexuales que sufrieron la humillación y castigo de la dictadura. Adiós a un panóptico de gran interés arquitectónico. A una cúpula -la segunda más grande de la capital por detrás de la de la iglesia de San Francisco el Grande- cuya conservación creía viable el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Hasta nunca a la historia viva. ¿No fue ya suficiente el derribo de la Cárcel Real y La Modelo, destruidas respectivamente en el S. XIX y Guerra Civil para construir en su lugar el Palacio de Santa Cruz y el Ministerio del Aire? No cabe duda: Madrid parece divertirse pisoteando y descuartizando testigos mobiliarios del pasado. Parece amar el recuerdo mediante la confección de carteles de calle. Ideal –dicho con ironía- para fomentar el turismo. Confiaba en que la sensatez de Izquierda Unida, el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, el Defensor del Pueblo, y
los vecinos de Aluche y Carabanchel serían extensibles a los distintos gobiernos. En que el Arte y los bienes de interés cultural e histórico serían siempre, en la medida de lo posible, algo orgánico. Pero ya no hay remedio. Se le ha negado el indulto a aquellos muros que durante 55 años fueron el oído que más tiempo y dedicación prestó a los reos que a su vez enjaulaba. A aquellos ventanales que, en su momento, sólo eran un mar de brazos que intentaban comunicarse con el ala de enfrente. La historia de la cárcel de Estremera (Madrid VII) la escribirán sus presos. Pero la de Carabanchel ya estaba escrita antes de que se abrieran y cerrasen diariamente los cerrojos de sus celdas. Antes de que en abril de 1982 sus funcionarios descubriesen el comienzo un túnel por el que pretendían escaparse algunos presos de ETA (duchas de la tercera galería). Antes de que en 1983 comenzaran los primeros vis a vis. Antes de las miles de historias que protagonizaron hasta 1999 los millares de ajusticiados por la Ley y el dedo del dictador Francisco Franco. Sí, ya no hay remedio. Sólo quedarán un Centro de Estudios e Investigación de la Memoria Democrática, un monumento en honor a las víctimas de la represión, y nombres en las calles de luchadores por la libertad. Escritos y ornamentos. Eso es. Grafismos y, cómo no, bienes inmuebles: 650 viviendas, de las que sólo el 30% serán de protección oficial, y un hospital para cuya construcción sólo se cederán 40.000 metros cuadrados –recordemos que el solar del presidio es de 170.000-. Pero estos planes podrían convertirse en papel mojado -aunque muy difícilmente- si nos aferramos con uñas y dientes a nuestra ética crítica. Siempre y cuando nos manifestemos de la mano de los integrantes de la plataforma por la memoria histórica, componentes que desde ahora lucharán para que sobre los terrenos de la cárcel se construya un hospital a la altura de las necesidades de Carabanchel y distritos cercanos, una residencia para la tercera edad,
y equipamientos universitarios. Algo lógico y defendible. Como justa sería también la colocación de una placa que recuerde la barbarie de esta demolición. Esta pequeña puñalada a la Historia de España y de Madrid. Por
Javier de Matrice.