Por un lado, dos convocatorias de protesta en quince días. Por otro, gran parte del alumnado alejado de pupitres y manuales. Salvo los que se agarraban, sumisos o con sed de conocimiento, a los servicios mínimos.
Paradojas de la vida. Dejo de estudiar para poder estudiar mejor. Y, mientras tanto, corto mayo en las aulas: 17 días lectivos.
Actos irremediables sin posibilidad de remiendo. Pero detrás, dos buenas causas: el reconocimiento profesional de los profesores de centros públicos, con su correspondiente demanda de justas mejoras salariales, y la defensa de una enseñanza pública de calidad.
Pero entre tanta protesta y voz alzada, la reflexión de un acelerado cambio en nuestra educación ocupa amargamente mi mente. La añoranza encala mi pensamiento. La razón, las buenas costumbres estudiantiles de los años ochenta y noventa del pasado siglo.
Sorprende ver cómo han cambiado las maneras e ilusiones de los jóvenes estudiantes, muchos desconcertados y con miras hacia un futuro cómodo basado en el la teoría del mínimo esfuerzo. También asombra contemplar la progresiva pérdida de autoridad de la figura del profesor.
Leía ayer en
Aún recuerdo con nostalgia cómo se estudiaba antes. Muerto Franco, por supuesto. Rememoro comentarios de texto prácticamente a diario, lecturas obligatorias y recomendadas –cuestionables algunas, pero acercadoras sin duda al conocimiento-, trabajo arduo en comprensión escrita, exhaustiva enseñanza de lo clásico y lo vanguardista, y las interminables tareas para casa, aquellos deberes rutinarios que, en
En cuanto a la relación profesor-alumno, recuerdo el respeto mutuo que ambos se tenían. Evidentemente excluyo de mi afirmación las habituales fechorías realizadas por los gamberros de turno, que curiosamente solía haber dos por aula: el graciosillo y el que seguía su inoportuna escena humorística con risas enlatadas. Sus malos modales en las clases iban ligados a jocosidades con escasa originalidad, a –relativamente-esporádicas contestaciones al profesor o al ralentí que causaban en la exposición de lecciones, temas o correcciones.
Vuelven a mi memoria unos formadores que imponían con sobrada suficiencia al alumnado, hasta el punto de que si veías de lejos a uno de tus profesores por la calle, te cambiabas de acera para evitar entablar con él la más mínima conversación.
Hoy, en cambio, la imprudencia en las aulas ciega y ensordece cada vez más, llegando a límites inadmisibles e incluso ilegales. Cuadros de luces quemados o ruedas pinchadas -de coches de docentes- son noticias que difícilmente encajan o asimilan nuestros oídos.
Impactantes los extremos de una irracionalidad in facto. Más temible aún la posible maldad en potencia. No es de extrañar la desesperanza y desesperación del profesorado.
Ayer, por más añadir, luchábamos afanosamente a la hora realizar cálculos matemáticos. El fin: alejarnos de la más mínima imprecisión. Bien mediante lapicero y borrador, con los tradicionales “me llevo tantos” que construían catedrales numéricas, o bien mediante calculadoras, en ocasiones desaconsejadas por el maestro. En este sentido, en el aulario no hay cambios significativos. Afortunadamente el eje de las matemáticas sigue siendo la exactitud, al margen de las técnicas que empleemos. Acaso tenga una presencia más frecuente el empleo de la calculadora, dependiendo del centro educativo y del personal docente.
Pero en el ámbito informativo-institucional parece que el resultado de cálculos idénticos difiere en ocasiones entre sí. Me refiero en concreto a las cifras dadas por Educación y sindicatos convocantes en el caso de las huelgas de profesores llevadas a cabo este mes en
No obstante, lo importante es que los datos ofrecidos navegan en un contexto de reivindicación de mejora educativa y social. De defensa, en concreto, de la enseñanza pública; entendiendo este último término en su sentido de financiación. No en su concepción aristotélica de formación común para todos, obvio es.
Si a esta realidad de exigencia le añadimos el hecho de que las universidades privadas ganan matriculados progresivamente, la polémica está servida.
Sólo la demanda de una dignidad que fluya hasta por el más vericueto de los callejones sociales será la traductora de la realidad educativa de nuestro futuro. Mientras tanto, muchos seguiremos interpretando los artículos 27.1 y 27.5 de nuestra Constitución con unos anteojos que portan la palabra calidad como marca distintiva. Javier de Matrice.